martes, 6 de mayo de 2008

El navegante lúcido y el pasajero invisible

Sin palabras. Ahí está el río abriéndose en un plano. Sobre el agua y a bordo de un bote la cámara se adentra en un viaje de fuga. ¿Fuga de qué? Quizás del significado, tal vez del sentido. ¿Y acaso la poesía no es eso?: una permanente fuga del sentido y las palabras, ¿hacia dónde van? Habría que preguntarle al poeta. Pero el poeta ya no está, no existe y entonces qué mejor manera de evocarlo que imaginándolo, pensándolo, reinventándolo en un cúmulo de sensaciones visuales como si estuviera allí en el río, en ese bote que lo surca, acompañado de un navegante lúcido. Ese navegante es Gustavo Fontán, artífice de La orilla que se abisma.

Y si de orilla se trata lo que el director de El árbol intentó con esta obra es pararse a orillas del cine experimental o lo que muchos denominan de vanguardia, a partir de un viaje por la poética del escritor y poeta entrerriano Juan L. Ortiz.

Igual que en su opus El paisaje invisible que traía a la memoria la figura del jujeño Jorge Calvetti, también poeta, la idea de viaje se hace presente en la manera con que Fontán aborda los recuerdos y la memoria. Pero ese viaje en el caso de La orilla… es más hacia adentro que hacia fuera. El adentro de lo que pudo haber inspirado al poeta cuando vivía rodeado de la naturaleza; el adentro de ejercer -sin saber muy bien cómo- el hábito de la contemplación para deslumbrarse con lo que no puede abrazarse, como la naturaleza. Por eso, es la cámara y sólo ella la que logra captar la esencia de la naturaleza sin recortarla en un único significado como suele darse cuando se utiliza una palabra.

La cámara de Fontán escudriña en los recovecos de las texturas y se maravilla cuando descubre, por ejemplo, los colores vivos o el ojo huidizo de un gato que apenas aparece. ¿Le gustarían los gatos a Juan L. Ortiz? Seguramente, de ellos admiraría el halo de misterio, el enigma que se lee en sus rostros o simplemente quedaría atónito porque son animales, como con los árboles, o con el viento, o con el río, o con los bosques… Un torbellino de imágenes, de colores que por momentos convierten al río en una pantalla oscilante. Es ese cine oscilante. Puro, inclasificable, impenetrable el que se respira en cada plano del opus de Fontán que debe mucho al gran aporte de la fotografía de Luis Cámara.

¿Cómo plasmar en un lenguaje cinematográfico el mundo interior y la inspiración de un poeta, sin traicionarlo, sin agotarlo en un anhelo casi imposible? El realizador de El Canto del cisne parece haber encontrado un camino: reinventándolo. Eso es lo que se respira en esta apuesta a los valores expresivos del cine, donde la recreación de un viaje por el río nos conecta con el mundo interior del poeta entrerriano, quien aparece entre las imágenes como una suerte de fantasma sin rostro; que se disipa en la bruma del recuerdo pero que vive en cada latido de la naturaleza que está allí, majestuosa, imponente, inescrutable como la mirada que surca el río y se pierde en un naufragio de palabras transportadas por el viento y el silencio. Palabras que no pueden escucharse aunque se sienten, se palpan, del mismo modo que la presencia-ausencia de Juan L. Ortiz.
Pablo E. Arahuete

PUNTAJE





Publicado en CINEFREAKS, el 5-5-2008

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